Escribir para no olvidar

La palabra no es un ruido, como ese crujir con el que se rompen las hojas. No es la cautela de un sonido con miedo, ni el clamor clandestino de lo prohibido. La palabra nunca está quieta, con la postura correcta o en la pared enmarcada. Tampoco rueda sin saber por qué o hacia dónde dirige su propósito. La palabra en ocasiones es una hoguera alrededor de la que encontrarnos para quemar lo viejo y conjurar los deseos nuevos. Y siempre simboliza las alas de una oralidad que a lo largo de los siglos ha transmitido el devenir, las circunstancias y las argumentaciones de los hechos reales, al igual que ha provocado en el arte de su misma oralidad el encantamiento de lo fabuloso y de sus misterios. Es más fácil entender su importancia y su valor para el conocimiento revisando los relatos de ese célebre Tusitala llamado Louis Stevenson, al que tantos tesoros de la infancia, de la aventura y del miedo le debemos como lectores y aprendices de héroes, o los cuentos africanos de Isak Dinesen, compartidos entre las tradiciones tribales y su propia ficción. Lo mismo que a las crónicas de La Guerra de Granada de Diego de Mendoza y de Mármol de Carvajal, que marchó con las tropas de Juan de Austria, o a los Trazos de la Canción con los que Bruce Chatwin nos explica como las tribus de Nueva Zelanda conservan, intercambian y mantienen viva la memoria de sus ancestros y la de sus descendientes. Una oralidad cuya credibilidad es la piel a pie de los hechos y sus detalles, y también la raíz de la necesidad de no olvidar, experiencias que nos explican como seres humanos y sucesores de una mirada al mundo o su rechazo. Oralidad que rescata la historia amputada a los descendientes de los perdedores, y que anuda al paso del tiempo el inextinguible eco de la memoria como código y como aprendizaje.

No sólo los Historiadores tienen las herramientas, el rigor y el beneplácito de contar los sucesos y los rasgos que conforman la explicación y el análisis de los datos y de los hechos. También la memoria oral, la riqueza de su fondo de vida arraigado en sus voces heredadas y enhebradas en un mismo relato –sirvan de ejemplo los más de cien testimonios recabados en el mismo número de entrevistas realizadas, y que son el manantial de la credibilidad de este volumen- conforman la Historia o lo que bien podríamos denominar las historias de la Historia, y a la vez la cultura de una oralidad en la que la palabra es testigo, conservación y memoria.

Esta es la razón por la que se ha escrito este Libro de Familia con huellas de palabras que nos cuentan y emocionan, con el sonido sentimental y grave del ajuar de sus recuerdos, acerca del viejo mapa de fuego que fue aquel aquelarre de guerra entre nosotros. Una contienda con pocas sumas y muchas más restas, en la que perecieron canciones de juegos, sueños de niños, la educación de las madres entre la raíz del agua y el adiestramiento de los pájaros, el esfuerzo y el coraje de los hombres entre los ideales y el trabajo. Aquel drama, y su más execrable ejemplo como fue la matanza de la carretera de Almería, abonaron un duro camino de entornos familiares rotos, de mujeres represaliadas, de hijos marcados, de exilios a Francia, a Suiza y a la legión, amargas subsistencias vigiladas en una época parda de cartillas de racionamiento, de colchones rellenos de otoño y de un exigido silencio cuyo nido era el miedo y el estigma de haber perdido. Nunca se reforestó la memoria ni se combatió en las escuelas la infección sentimental de la dictadura y de la religión, obligadas ambas a un sentido acto de contrición que acepte la represión y las injusticias y restañe una concordia profunda y una auténtica cicatrización social para que la verdad deje de ser un fantasma errante.

De toda la pólvora y sus heridas dan cuenta las voces humanas reunidas en esta publicación sostenida por el ejemplo del consenso de una actitud necesaria y sanadora de responsabilidad y conciliación. En sus páginas y desde las arrugas de sus recuerdos en voz alta o en susurro de dolores zurcidos, las voces impresas y de calado humano nos traen al presente testimonios ausencias y daguerrotipos en amarillo mustio sobre bodas de noche; el pan a 4 gordas; arrobas y libras para medir el sufrimiento, el silencio, el hambre y las distancias; compañías de cómicos de a tres; pieles de serpiente bajo el sombrero y alrededor de la fiebre; cuerpos en las cunetas y en los barrancos, y empañados de polvo y moho lo que fueron rostros inocentes, soñadores o enamorados. Nos cuentan con un hilo de agua, o una nítida imagen sin el óxido del tiempo, de hijos de rebeldes que nunca celebraron su cumpleaños; de supervivientes de cuatro campos de concentración; del doble de Richard Burton; de casas vacías en las que ni siquiera entraba el viento; de maquis y contrabando, y de gachas, de muchas gachas y jornales a 9 reales para sacar los días adelante con “una honradez que lo es todo”, como sentencia desde sus años inexpugnables Josefa Pérez.

Sus recuerdos son la vida que prevalece sobre la muerte, la primavera que renace de la sequedad fría del invierno. La lección humana con la que entender definitivamente que no todas las víctimas son iguales –porque no todos los que las causaron recibieron posteriormente el mismo trato- pero que todas cuentan, y que la suma de todas se merecen el respeto de nuestra memoria.

La Historia no se construye ni se ennoblece con estrellas de latón, calabozos de recuerdos ni con nombres de batallas donde las vidas, todas las vidas, fueron derrotadas. Ni su vigencia o vindicaciones pueden responder a manipulaciones interesadas, a interpretaciones de los hechos sin el rigor de pesar y evaluar dichos hechos. La Historia de verdad, la que nos pertenece a las mujeres y a los hombres, a los niños y a los abuelos, la que nos hace avanzar libres y mejores, no se hilvana con silencios ni escozor de palabras que arden o tiemblan. Tampoco su estandarte ni su conciencia han de ser el blasón del odio ni el de un dogma que no acepta ser enjuiciado. No podemos hurtarle a la memoria sus injusticias, sus violencias y sus cicatrices, si queremos que la conciliación y unas manos a favor de otras manos, las mismas esperanzas codo a codo, sean la Historia en la que no volver a equivocarnos y perder el amor y la dignidad de lo que somos.

La Historia exige el compromiso moral de que la construyamos como la memoria de la restauración moral, por encima de revanchismos y basada en la aceptación -nos guste o no- de unos hechos contrastados, que signifique una toma de conciencia para clausurar sus arrabales, para que al olvido y a las heridas la Historia les cure los dolores de sombra, y para que nos eduque en la convivencia y en un lenguaje que no amenace, que no excluya, que no ofenda, que no levante muros, que no niegue lo evidente ni vuelva la espalda a los hechos históricos. El corazón de un país no late con normalidad si no reconoce, con sus nombres y apellidos, a todas y a cada una de las humanidades perdidas en una guerra en la que lo civil fue casi siempre la ejecución de la inocencia en un territorio con el odio en llamas. Honrarlas y descansarlas para que dejen de ser fantasmas errantes en no se sabe dónde, y un olvido en blanco que de nada consuela, es un rango de humanidad, de progreso y de civilización. Lo dejó muy claro el filósofo Manuel Reyes Mate Rupérez en su libro La piedra desechada: “el deber de la memoria no es un recuerdo sentimental de lo mal que lo pasaron las víctimas o de lo que nos puede volver a pasar a nosotros, es al contario la ingente tarea de repensar a la luz –y añado a la obligación serena de la razón- el sufrimiento y las injusticias que causa la barbarie”.

La memoria no se privatiza ni depende de fórmulas de baja intensidad. La memoria ha de ser la reivindicación de la superación de la tragedia y su orfandad, la razón de los derechos humanos, la liberación del resentimiento en el pos conflicto y la educación en la administración de la memoria, como defiende el catedrático de Ética Francesc Torralba, concebida como “la reconstrucción de la historia de manera honesta y sin corrupciones donde se tienen en cuenta las narraciones de todos los actores involucrados en los hechos con el fin de narrar la verdad”. Este ha de ser el ágora y el corazón de encuentro del que ser y estar en la auténtica dignidad, en la verdadera democracia, en la civilización del conocimiento, de la justicia y del progreso. El único camino que conduce del resentimiento a la reconciliación, y a la reflexión histórica en valores que no vuelvan a poner en peligro la concordia ni la libertad.

Isabel Lobato. Cándido Castro. Manuel del Campo del Campo. Josefa Verdugo. El Niño de la Alegría. Dolores Jamper. Rosa Romero. Custodio Sánchez. Sayalonga. Serrato. Cútar. Fuente Piedra. Humilladero. Almáchar. Mollina y Montejaque. Peldaños y equis de la vida a su manera, con sus trajes de novia y sus ropas de faena, con su modestia y sus costumbres, su dolor huérfano y sus inventarios de sombras, pueden con este Libro de Familia cerrarle por fin los ojos a sus soldados entre las flores; anónimos y con nombres desnudos que nunca volverán a estar solos. Y cuyo descanso acunan los espléndidos dibujos del pintor Juan Martínez, acompañando los senderos impresos de este libro que nace con el buen propósito de convertir el terreno baldío del olvido en un campo de trigo y de almendros. Es decir, de promesas y su recogida.

Dentro, de fondo, canta la brisa: escribir para no olvidar y que su memoria sea una plaza pública en la que nunca se pongan el respeto ni la luz.

Guillermo Busutil

Periodista y escritor

 

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